Del miedo y otros demonios.

Miedo de empezar de nuevo, de cero, sin nadie al lado, miedo de dejar atrás cosas, canciones y personas, miedo de olvidar, o peor miedo de recordar para toda la vida. Miedo a fracasar, miedo a perder, miedo a ser olvidada, miedo a conformarme o a no conformarme nunca. 

Miedo a tener miedo. 

Miedo a no ser suficiente, miedo a vivir con rencor, miedo a olvidar los rencores, miedo a no enfrentarte, miedo a sí hacerlo. Miedo a vivir dentro de mí, miedo a que me conozcan, miedo a que no les guste, miedo a perder(te).

Miedo a la oscuridad y a la plena luz. Miedo a ser débil, miedo a no serlo. Miedo a caer, y a no hacerlo. 

Miedo al vacío, miedo a mí misma, miedo a dejar de escucharme, miedo a dejar de hablarme, miedo a dejarme de lado, miedos, de esos que calan hondo y no se van tan deprisa, miedos, que vienen para quedarse por alguna temporada, miedos, que están presentes a cada día, miedos, de esos que les damos posponer como si fuera una alarma, y que en realidad nos esperan a la vuelta de la esquina, que nos quitan el sueño, el hambre y las ganas, miedos que por tontos que parezcan nos tiran hacia abajo y no nos deja levantarnos, que nos hace llorar y gritar de frustración, pero más allá del dolor que provocan nos hace dar cuenta que somos humanos, que el tener miedo es algo que todos tenemos, si bien no sea a lo mismo, todos tenemos miedos, que nos paralizan, y nos dejan sin habla, pero que esperamos que en algún momento decidan hacer las valijas e irse por un tiempo, y cuando por fin lo hagan, que nos den un tiempo para recobrar fuerzas, respirar y caminar, hasta que lleguemos a la próxima esquina, miedos que más que miedos son demonios.

El amor y las tormentas de verano.

¿Alguna vez se han dado cuenta de que están entregados a una persona? Durante el correr de mi vida he visto montones de parejas, de todos los tipos, formas y colores, hablando en serio, he visto personas unidas por un estúpido papel, desencontradas por la distancia (de los corazones). He visto parejas que van de la mano en medio de la ciudad y se miran como si fueran una milanesa con papas fritas, que se deleitan la vida con el simple hecho de ver sonreír a la otra persona. Por otro lado también están los temerosos de mostrar sus sentimientos, por miedo, de ser rechazados, de ser heridos, de no ser, miedo de querer, porque todos le tenemos miedo al amor, y en realidad no sé porqué, preferimos llenarnos de odio que de afecto, creo que la palabra que resume todo es miedo. 

 Por eso una de mis cosas favoritas son los amores de verano, me resultan agradables al corazón, 7 o 10 días en los que te entregas a una persona que probablemente no vuelvas a ver en tu vida, que van a la playa y se ríen como en una película de comedia, y da igual, porque por un momento dejas el miedo junto a la ropa de invierno, encerrada en un baúl. Y se siente jodidamente bien, hablar con alguien acerca de las estrellas, las películas y canciones favoritas, por un momento dejas de preguntarte porque razón se encuentran en el mismo camino, y decides recorrerlo, apartas tus inseguridades y por un momento te siente libre, fuerte, valiente. Consciente de que en algún momento cada uno seguirá su camino, y de que es casi imposible cruzartelo en un futuro, a cambio guardas el recuerdo de aquel verano.

El amor y las tormentas de verano siempre compartirán algo: la intensidad y la duración. Al principio te asusta que arrase con todo como un huracán, pero luego tomas conciencia, y dices “joder, estamos en verano en un momento terminará”, te dejás llevar por la lluvia torrencial y el viento que empieza a soplar, y en lugar de resguardarte bajo tacho, comienzas a bailar bajo la lluvia, así que cuando empiezas a divertirte y sentir alguna especie de porquería espiritual, para de llover. Así como pasó la tormenta también pasará el amor, pero mientras dure simpre podemos disfrutarlo.

Dí algo, por favor.

Me gusta pensar que todos tenemos la posibilidad de hablar, aunque a algunos no se nos dé tan bien. Me gusta pensar que en algún momento alzaremos la voz, sin la necesidad de gritar, porque hoy es nuestra mente, nuestros murmullos, y nuestros silencios los que hacen ruido, ¿no se supone que los silencios no hacen ruido? Los silencios no deberían hacer tanto ruido.

Durante toda mi vida me crié en silencio, crecí en silencio, respiré silencio, viví de silencios, horas, días, semanas e incluso años en silencio, el precio de no tener nada que decir, o de no querer decirlo, es que en un momento las cargas en la espalda van a ser mayores, y lo único que vamos a obtener es silencio, sólo que ahora este silencio me aturde, me asfixia, va calando muy hondo, y no tengo las fuerzas necesarias para detenerlo. 

¿No se supone que el ser humano tiene la capacidad de comunicarse con los demás? Creo que la repartición debería haber sido más equitativa, en nuestra vida nos vamos a encontrar a esas personas que pueden expresar absolutamente todo, sin esfuerzos, sin que se les arrugue el corazón al decir las cosas. También vamos a encontrar a aquellas que transmiten lo justo y necesario, sin dañar al resto pero sin dañarse a sí mismo. Y están aquellos que no tenemos la necesidad de hablar con nadie, que aguantamos las balas en silencio, que de vez en cuando nos vamos lejos a gritar, que vivimos de suspiros por todo lo que callamos, que tenemos la perfecta compañía del silencio, que nos sigue a todos lados, y nos cierra la boca y el corazón, y nos imposibilita de expresar, de sentir.

Es mirarte todos los días en el espejo, y más allá de lo que digas, de las palabras de aliento, de los “hola, ¿cómo estás?”, de las conversaciones acerca de los sentimientos, acerca del clima, de la ropa, no importa todo lo que digas, si seguís respirando silencio, por miedo, por empatía, por falta de coraje, tal vez, por miedo a herir al resto, sin importar los restos que quedan roto dentro. Dí algo, por favor. No sigas sanando heridas del resto, saná las tuyas, no pases tu vida sin decir lo que sentís, porque en un momento todas las palabras que no dijiste van a terminar matando lo poco de ser vivo que te queda, no dejes que el silencio envuelva tu esencia. Te lo repito, dí algo, por favor.

Dí algo, por favor.

Me gusta pensar que todos tenemos la posibilidad de hablar, aunque a algunos no se nos dé tan bien. Me gusta pensar que en algún momento alzaremos la voz, sin la necesidad de gritar, porque hoy es nuestra mente, nuestros murmullos, y nuestros silencios los que hacen ruido, ¿no se supone que los silencios no hacen ruido? Los silencios no deberían hacer tanto ruido.

Durante toda mi vida me crié en silencio, crecí en silencio, respiré silencio, viví de silencios, horas, días, semanas e incluso años en silencio, el precio de no tener nada que decir, o de no querer decirlo, es que en un momento las cargas en la espalda van a ser mayores, y lo único que vamos a obtener es silencio, sólo que ahora este silencio me aturde, me asfixia, va calando muy hondo, y no tengo las fuerzas necesarias para detenerlo. 

¿No se supone que el ser humano tiene la capacidad de comunicarse con los demás? Creo que la repartición debería haber sido más equitativa, en nuestra vida nos vamos a encontrar a esas personas que pueden expresar absolutamente todo, sin esfuerzos, sin que se les arrugue el corazón al decir las cosas. También vamos a encontrar a aquellas que transmiten lo justo y necesario, sin dañar al resto pero sin dañarse a sí mismo. Y están aquellos que no tenemos la necesidad de hablar con nadie, que aguantamos las balas en silencio, que de vez en cuando nos vamos lejos a gritar, que vivimos de suspiros por todo lo que callamos, que tenemos la perfecta compañía del silencio, que nos sigue a todos lados, y nos cierra la boca y el corazón, y nos imposibilita de expresar, de sentir.

Es mirarte todos los días en el espejo, y más allá de lo que digas, de las palabras de aliento, de los “hola, ¿cómo estás?”, de las conversaciones acerca de los sentimientos, acerca del clima, de la ropa, no importa todo lo que digas, si seguís respirando silencio, por miedo, por empatía, por falta de coraje, tal vez, por miedo a herir al resto, sin importar los restos que quedan roto dentro. Dí algo, por favor. No sigas sanando heridas del resto, saná las tuyas, no pases tu vida sin decir lo que sentís, porque en un momento todas las palabras que no dijiste van a terminar matando lo poco de ser vivo que te queda, no dejes que el silencio envuelva tu esencia. Te lo repito, dí algo, por favor.

¿Quién me para hoy?

Vivir al normal, con un rutina que odiamos, con un despertador que suena demasiado temprano, con personas que aparecen solo para estorbar, leyendo un discurso que tiene más bla bla bla que palabras reales, viendo nuestro rostro todos los días con esas ojeras visibles, y esa sonrisa ausente, de momento. 

Vivir al normal, vivir como nos marca la sociedad, vivir con estereotipos, vivir con miedo, vivir cansado, vivir sin vivir. 

No necesitamos una vida maquillada de rosa, necesitamos una vida real, una vida que podamos vivir, que podamos sentir, cantar, bailar y gritar. No necesitamos una vida de color rosa, insisto, necesitamos vivir siendo nosotros, necesitamos vivir para encontrarnos, con nosotros mismos, encontrarnos y darnos el abrazo más lindo que tengamos reservado, porque muchas veces nos olvidamos de nosotros, nos olvidamos de la esencia que llevamos adentro, de eso que siempre decimos que es importante, y es realmente irónico que por fijarnos en la búsqueda de la esencia que encaje con nuestro ser, nos olvidamos que la mejor compatibilidad que podemos encontrar es con la persona que aparece en el espejo, cada mañana al sonar ese bendito despertador. 

Nos pasamos la vida tratando de complacer a todo el mundo, primero a nuestros padres, luego a nuestros maestros, nuestros amigos y nuestra pareja, y al final nos acabamos convenciendo que estamos destinados a ser ese rostro que vemos cada mañana en el espejo. ¿Por qué te pusiste esos tacones? Si vos amás estar descalza, ¿no te acordás? ¿Por qué vas a estudiar ingeniería? Si vos amás el arte. ¿Por qué terminamos fingiendo ser alguien que no somos? Nos creemos el crecer, estudiar, trabajar, conocer a alguien, casarse, tener hijos, etc. Nos estamos olvidando de los más importante, y es que todo esto es lo que la sociedad espera que nosotros hagamos, no es que nuestro sueño siempre fue ese, tal vez a medida que crecíamos nos hacían ver que era lo correcto, y eso era el “buen futuro”, nadie nos animó a ser astronautas, a ser bailarines, a ser artistas, nos dijeron que pensaramos en algo posible, que esas cosas no eran para nosotros, que esto es blanco y aquello negro, nos hicieron clasificar lo bueno y lo malo, lo que está bien visto y lo que no, lo mío y lo tuyo, y se olvidaron de enseñarnos a soñar, a vivir. 

Soñá, dejá esa carrera que no te gusta, y estudiá una por hobby, una que te llene el alma, dejá las preocupaciones por una nota, preocúpate por no haber sonreído en todo el día, o mejor, no te preocupes, dejá de vestirte con esa ropa aburrida ¡si tenés un mundo de colores en el alma! Brillá, mostrá tú luz, dejá de levantar murallas por personas que no levantan ni una pluma, dejá que la gente te vea sonreír, pará en ese parque que tanto te gusta y cerrá los ojos, dejá de pensar en lo que puede decir el resto, dejálos que hablen, que ellos no entienden, están asfixiados de poder, dejálos ser. 

Cada día que te levantes, que lo hagas con energía, que lo hagas llena de “yo puedo”, no te contagies de la personas tóxicas, llenáte de amistades nutritivas, buscá ese libro que tanto te gusta y volvelo a leer, o si no, leé otro, toma un café a la mañana, y come esas medialunas, y a las calorías que les den, caminá, recorré todos los caminos posibles, perdé la dirección, pero no pierdas el eje, conocé, pero mejor, conócete, miráte al espejo y decí: ¿quién me para hoy? Nadie. 

Dos orejas, una cola, mi amigo.

Tal vez no estaría aquí si no fuera por una invasión de recuerdos, aunque tal vez sea porque después de mucho tiempo me atreví a mirar esas películas sobre mascotas, o porque leí algo sobre el tema, el problema es que ahora que lo pienso mejor, definitivamente no debería haberlo hecho. Habrá quiénes entiendan lo que hablo, y el resto, el resto tal vez lo intente. De todas maneras el daño está hecho, porque en definitiva aún siento ese enorme vacío, extraño esos ladridos, los juegos, y aunque hayan pasado alrededor de cinco meses, aún siguen quedando unas gotas amargas que deciden salir cuando se les antoja. De hecho en este momento amenazan con salir a borbotones, como si en algún momento fuera a explotar.

Hay quienes dicen que las mascotas se van antes porque ya saben amar, aunque sinceramente opino que es una estafa, una estafa al amor. Es que no conozco un amor más sincero, más leal y más dulce que el que nos brinda nuestra mascota, así que este post te lo regalo a tí, que te ganaste el cielo mucho antes.

Recuerdo el día que llegaste, una pequeña bola de pelos que lo único que hacía era ladrar, saltar y mordisquear con tus diminutos dientes. Jugábamos, saltábamos, corríamos, y que amargos me saben esos verbos en pasado. En poco tiempo comenzaste a crecer, pero tu rostro seguía siendo el mismo, seguías teniendo esa mirada pícara. Con el paso de los años, aprendiste a escucharme, me hacías companía, me hacías divertir, corriámos otra vez. Estuviste a mi lado cuando tuvo mi primer decepción amistosa, lágrimas caían y seguías con tus patas en mi pierna, como dándome apoyo. También estuviste cuando llegaba malhumorada del colegio, en cambio, tú me esperabas con la lengua afuera, enronces era imposible mantenerme enojada. Y luego más tarde cuando todo era oscuro, estábas a mi lado, como siempre. Un día las cosas cambiaron, tu mirada estaba perdida, y caminábas sin un rumbo fijo, ese día supimos que algo no estaba bien. Pensamos que sería pasajero. Unos días más y las cosas no mejoraban, un momento estábas feliz y en otro estabas gritando como de dolor. Luego era lo último. Recuerdo que uno de lo momentos en que aún caminabas fuiste a dónde estaba sentada y me pedías mimos, me mirábas con esos ojos, que evidentemente no eran los mismos, y te dije que las cosas estarían bien, lamento haberme equivocado, ¿sabes?, de verdad, lo siento. Así que ahí estábas, recostado en el piso, y no te movías, no hacías nada, no lo podía soportar, no podía perder mi verdadero amigo. Rezé, rezé y nunca lo había hecho, pero lo hice, pedí milagros, despertarme de la pesadilla, pero al amanecer me dí cuenta que en verdad te habías ido, que ya no estabas. Habré llorado semanas seguidas, habré gritado otras tantas más, y aún no puedo acercarme a tu casita, lo siento, de verdad no puedo. A veces inconcientemente te llamo y luego me doy cuenta de la realidad, otras en cambio siento que saldrás a recibirme, a quitarme el malhumor, de nuevo despierto. Que feo despertar.

¿Te acuerdas aún de tu amiga? Y ésta vez no me refiero a mí, pues te extraña, aún lo hace, pero las primeras semanas estaba en un estado de depresión, sentí que la perdía, como te perdí a tí. Con el tiempo mejoró, ya no tiene esa cara de felicidad, pero tampoco esa de tristeza, de vez en cuando juega un poco. Comprendí el valor de la amistad, no sólo entre humanos y mascotas, si no también entre ellas mismas. 

Y aún te extrañamos, espero verte pronto.

Soy.

Desde el día en el que comenzaste a hablar te están pidiendo que digas quién sos. Nos pasamos la vida pensando saber quiénes somos, pensamos que desde el momento en que nacimos estamos definidos. Pero resulta ser que llega un  momento en la vida en que te vas a mirar al espejo y te vas a preguntar ¿quién soy? Y la parte que más duele es que en realidad no lo sabemos. No podemos contestar a esa pregunta, y ahí es cuando empezamos a pensar en todos hechos, en nuestras acciones, nuestra manera de hablar, nuestros gestos, ¿nuestra personalidad? Sí, puede ser. Y de repente nos sentimos como un cuerpo con tanto órganos vitales, pero sintiéndote inerte. 
Así que así vamos a pasar la vida, buscando la respuesta para esa pregunta, e incluso llegando a los extremos de preguntárselo a otra personas.
Pero la verdadera realidad, es que no somos, no podemos definirnos, porque definir es limitar, y las personas deberían tener el poder de aceptar de que los verdaderos límites son aquellos que nosotros mismos ponemos en nuestro camino.